“¡POR MIS HIJOS… ME DIVORCIO!”

Psic. Diana Pérez Estévez

 

 divorcio

 

En nuestra sociedad la búsqueda del amor de pareja es fundamental.  Desde muy pequeños empezamos a conocer la importancia que se le da al hecho de ser estables y prósperos junto a alguien, de formar una familia, y con esto, contribuir al funcionamiento de la colectividad. Debilidad descontrol

Es así como la independencia, autonomía y soltería en conjunción con la felicidad son relacionadas con falta de control, o en el mejor de los casos, generan preocupación y/o compasión en quienes nos ven desde afuera como seres desolados y en sufrimiento por  no tener quién nos acompañe. De esta manera, el énfasis parece estar puesto en las normas sociales según las cuales parte de la vida adulta implica tener una pareja, casarse, traer hijos al mundo y estar juntos hasta que la muerte los separe, aunque esta compañía pudiera resultar intolerable, dejando de lado la felicidad y evolución individual para los valientes que se atrevan a ir en contra de lo que la sociedad espera. 

Y para esos “valientes” el camino no es fácil, ya que una vez alcanzada la tan anhelada y aprobada estabilidad emocional en pareja, tomar la decisión de terminar una relación implica enfrentarse consigo mismos y con el mundo entero, entrando en juego una serie de elementos que ponen en riesgo la armonía interna, aunque sea por ésta que se lleva a cabo la separación. En el caso de las mujeres, el camino parece verse más cuesta arriba. Tomando en consideración una frase de San Bernardino, franciscano del siglo XV según el cual “Tal como el sol es el ornamento del cielo, así la sabia y prudente esposa es el ornamento del hogar”, resulta un sentimiento de culpa muy grande el tomar la decisión de romper con la unión “imaginaria” del hogar, porque como bien lo dice la frase quedarse junto a alguien aunque no exista amor, consideración, respeto o pasión, facilita la imagen de familia feliz; Así, puede haber dejado de existir un vínculo amoroso entre la pareja, pero lo importante parece ser el mantenimiento de los adornos bien puestos, limpios y brillantes que sigan mostrando la imagen de felicidad para el mundo y para los hijos, por quienes se postergan las decisiones necesarias para la real armonía familiar bajo la premisa de evitarles el sufrimiento… falsa premisa por demás, ya que por más ornamentos que se utilicen, los hijos (de todas las edades) siempre notan el distanciamiento de los padres, desde la presencia de grandes discusiones, hasta los sutiles cambios en el tono de voz en los que se habla la pareja.

             Es por esto que resulta fundamental tener muy claro que una separación necesaria  SIEMPRE va a ser mejor y más saludable que un matrimonio que no vaya más allá de papeles firmados, tanto para la pareja como para los hijos, a quienes se les debería enseñar a buscar la felicidad, autonomía y autoestima por sobre el conformismo que implica quedarse junto a alguien por sacrificio.

Por los hijos uno no se mantiene casado, uno se divorcia!…

Porque una vez superado el duelo inicial, la vida adulta de esos hijos será mucho más productiva y feliz, que la del niño (a) que vio a sus padres juntos toda la vida, bajo el mismo techo, sin hablarse, sin quererse, sin mostrarse afecto, sin ser felices ellos mismos. Un divorcio bien manejado enseña a los hijos que tener una pareja no es la única forma de realización ni la única manera de alcanzar una vida feliz; mientras que el “sacrificio” de mantener el matrimonio por ellos, les transmite la incapacidad para ser independientes.

De acuerdo a investigadores de la conducta, el crecimiento y desarrollo armonioso de las  personas se encuentra íntimamente ligado a la capacidad que se tenga para el manejo constructivo y provechoso de las pérdidas que se tengan a lo largo de la vida. Entre estas pérdidas, las separaciones de pareja pueden ser vistas, según sea el caso, como una caída libre hacia el fin de la armonía sociofamiliar o, por el contario, un vuelo hacia el inicio de nuevas oportunidades de crecimiento personal.

Entonces, cuando te encuentras en una relación en la que no te aman, no amas, tu crecimiento personal se encuentra detenido, te sientes irrespetado (a), o dejaste de sentirte feliz y has utilizado los recursos necesarios para sobrellevar la situación sin lograrlo, es necesario considerar una separación como una vía para la mejora de ambos miembros de la pareja.  Dicha separación produce miedo, principalmente al cambio y a todo lo que la modificación de las rutinas provoca; enfrentar nuevas situaciones es difícil y en ocasiones conlleva a sobrevivir en la comodidad de la incomodidad, ya que se prefiere vivir infelizmente junto a alguien antes que encarar el reto del día a día bajo una realidad emocional, familiar, social y económica bastante cuesta arriba en muchos casos, porque ciertamente un divorcio genera gastos y cambios económicos importantes.

Asimismo, debe tenerse en cuenta que una separación implica un proceso de duelo y desorientación para todos los miembros de la familia. Se presentará rabia, nostalgia, tristeza, melancolía, desesperanza, celos, rivalidad, necesidad, dependencia… desamor! Pero ante la inexistencia de soluciones distintas a la ruptura, debido a la infelicidad de estar junto a ese alguien, todos estos sentimientos pueden y deben ser sobrellevados de la forma más sana posible, aceptándolos, viviéndolos, entendiéndolos y superándolos.

La persona separada debe aceptarse a sí misma como una persona capaz de querer y de ser querida, entendiendo que una ruptura de pareja no representa un fracaso emocional imperecedero, sino un aprendizaje vital. De igual manera, debe aceptarse y tomarse el divorcio como una decisión definitiva, evitando las esperanzas de restablecer la familia tal como estaba y con las fantasías de reconciliación, tanto para la pareja como para los hijos… porque ante una relación que no funciona, que está en contra de ti mismo (a) como persona y que te hace infeliz día tras día, una reconciliación por los motivos inadecuados (sensación de soledad, economía, hijos, sociedad) implica ¿volver a dónde? ¿volver a qué?.

  

“El amor tiende siempre a ir más lejos, pero tiene un límite, el que, sobrepasado, lo torna en odio” S. Weil

 

Psic. Diana Pérez Estévez