EL FIN DE MI VIDA

Psic. Diana Pérez Estévez

Agosto, 2013

         suicidio

            Desde tiempos antiguos, la realización de la finitud de la vida ha sido una fuerza poderosa e influyente sobre el hombre. En la actualidad, el suicidio es la segunda causa de muerte en el mundo entre los 15 y los 30 años según estadísticas de la Organización Mundial de la Salud. Estudios previos han establecido que aproximadamente cada 40 segundos una persona en el mundo se quita la vida, lo que lleva a considerar que las muertes por suicidio representan un mayor índice que las víctimas de conflictos armados, accidentes de tráfico, entre otros. Diversos estudios han comprobado que la población en mayor riesgo de cometer actos suicidas son los adolescentes y las personas de la tercera edad, debido a que ambas etapas del desarrollo humano representan períodos de crisis de identidad, con consecuencias psicológicas que deben ser consideradas. Asimismo, se ha demostrado que en cada caso de suicidio hay por lo menos seis personas relacionadas que sufren las consecuencias morales y emocionales derivadas de estas situaciones, por lo que parece pertinente el análisis del impacto psicológico producido por los actos suicidas (consumados e intentos fallidos) sobre el entorno primario (familiar), secundario (pareja, amigos) y terciario (individuos ajenos a la situación que hayan tenido conocimiento del hecho).

            Es así como el afrontamiento de las consecuencias del suicidio en los familiares y personas cercanas, se vivencia como una turbulencia emocional, en la cual los supervivientes suelen padecer una amplia gama de reacciones de duelo y síntomas depresivos, estableciendo tres grandes áreas en las que se basan las respuestas ante el suicidio; en primer lugar, los sobrevivientes se hacen preguntas sobre el significado de las decisiones en torno a la muerte (“¿Por qué lo hicieron?”); en segundo lugar, presentan altos niveles de sentimientos de rabia y culpa (“¿Por qué no pude evitarlo?”), y en tercer lugar, experimentan sentimientos de rechazo y/o abandono por parte del ser querido, junto con la ira hacia el fallecido (“¿Cómo pudo hacernos esto?”), lo que evidencia el impacto producido por estos actos en las personas relacionadas con el suicida.

           De acuerdo con esto, se hace necesario estudiar el suicidio desde las bases familiares del suicida, encontrándose que existe una estrecha relación entre el funcionamiento familiar y los intentos suicidas en adolescentes, destacando como factores de riesgo las dificultades en las relaciones interfamiliares con bajos niveles de cercanía afectiva; altos niveles de control parental, historia familiar con depresión y abuso de sustancias, entre otros (Pavez et al, 2009). Es así como los malos tratos durante la infancia, y la presencia de rasgos de agresividad/impulsividad en los padres, se relaciona con el riesgo de conductas suicidas en las familias, así como con la aparición de trastornos del estado de ánimo. Asimismo, se plantea la gran posibilidad de que dichas características clínicas puedan ser transmitidas entre los familiares, lo que apoyaría la posición de algunos autores que han escrito sobre el tema, en tanto que la influencia de las personas significativas aumenta el riesgo suicida en los familiares sobrevivientes

            Ahora bien, en relación con el individuo que lleva a cabo el intento y/o consumación suicida, es necesario plantear que aparentemente lo que subyace en el fondo de todas las argumentaciones en torno al suicidio es el derecho a poner fin a la propia vida. ¿Existe este derecho? ¿Puede un ser humano decidir suicidarse, haciendo uso de su libertad, sin erosionar, al menos en parte, un derecho que parece más básico y trascendente como es el derecho a la vida, o las bases, asumiéndose que existen, de la estructura familiar a la que pertenece?. Por ejemplo, cuando un adolescente se suicida, otros jóvenes pudieran pensar que la muerte es una salida viable de cualquier dolor o dificultad que están enfrentando, llevándolos a riesgos de imitación de conductas suicidas, que se corresponde con lo propuesto por Sánchez, Guzmán y Cáceres (2005), quienes plantearon que la exposición a información sobre alguna persona que haya cometido suicidio, incrementa el riesgo de  llevar a cabo dichos actos, denominando este hecho como riesgo de imitación, el cual se ve afectado también por la percepción de los jóvenes de una especie de inhabilidad de los adultos para entender su mundo; frecuentemente entendido como una despreocupación de los adultos, sin intención de comprenderlos y aceptarlos, quizá facilitando con esto el camino a la instauración de la propia identidad.

           El suicidio de jóvenes es un grito desesperado a la conciencia colectiva; un llamado de atención a los criterios con que se instalan modelos y opciones que la sociedad parece dar y proponer como límites de acción y pensamiento. Es por esto que en una época en la que se considera la impulsividad y la emocionalidad desbordada como parte de las características propias del adolescente, bien sea por factores biológicos o por funcionamiento sociofamiliar, se hace necesario el acercamiento a la percepción del joven de su propia vida,  al entendimiento de sus emociones, a la apertura para la expresión de las diversas vertientes de la identidad que está en proceso de construcción, enmarcado en sistemas de apoyo social que favorezcan la adaptación del joven. Pero esto no siempre es una realidad, por lo que junto a la crisis del adolescente se desborda la crisis de la edad adulta de los padres, las circunstancias particulares irresueltas durante su propio desarrollo, dando lugar al cierre de los caminos de comunicación efectiva entre padres e hijos, asumiéndose la familia como principal medio de sostén psicológico, social y biológico para el armonioso y saludable desarrollo de los seres humanos.

           Es así como las causas que se han establecido en diversos estudios sobre el suicidio adolescente, parecen ser las consecuencias que se producen en los familiares, parejas, amigos y demás individuos conocedores del hecho; por lo que podría asumirse que existe una alta correspondencia entre los sentimientos del joven y de los sobrevivientes. Partiendo de la postura freudiana que plantea que el suicidio facilita la destrucción del objeto amado-odiado que se ha internalizado, se observa como una vez llevado a cabo el suicidio consumado, o bien el intento fallido, el joven parece querer acabar con su vida para completar la destrucción de dicho objeto amado, influyendo asimismo, sobre terceros (padres, amigos, hermanos, vecinos), vistos como la extensión de dicho objeto, y con quienes se comparte, posterior al hecho, el sentimiento de desesperanza, depresión y fragilidad, que facilitaron la decisión de terminar con la propia existencia.

 

2 Comentarios

  1. Excelente articulo,muy bien estructurado y un excelente resumen de esta problemática q pasa,muchas veces por vergüenza,por debajo de la mesa, lo q no permite contar con estadísticas 100% confiable sobre su índice de incidencia¡¡Felicitaciones y q continúen tus éxitos¡¡

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